Lira popular del siglo XIX

Las liras publicadas en Chile desde fines del siglo XIX a inicios del siglo XX.

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POESIAS DE J. M. PLAICOA

Colección Lira Popular de la
Universidad de Chile

Autor: J. M. Plaicoa. Estos versos son propiedad de autor, quien perseguirá conforme a la lei al que los reimprima.
Impresor: 61-Imp. Vicuña Mackenna
Tamaño: 27,3 x 37 cm
Clasificación: 630 P698 Caja N°2a

  • Cristo crucificado por amor de los hombres
  • El juicio sobre los hombres
  • Contestación al poeta Pedro Villegas

Nota: Este ejemplar tiene escrito a mano con lápiz rojo “630”.
Documento optimizado digitalmente.

Un verso al azar

  • LA FUGA <br>DE TRES PRISIONEROS CHILENOS DE UN CAMPAMENTO PERUANO

    Por si hubiera algún mortal
    Que no sepa lo que es bueno
    O mas bien dicho, no sepa
    Lo que es el valor chileno,
    Voi a referirle aquí
    Una historieta que tengo,
    Para que de ella saque
    Un juicio cabal i recto
    De lo que capaces son
    Esos bravos sin ejemplo
    Que hoi le zurran al Perú
    En el mar i en el desierto.
    — Cuando los cholos infames
    De Tarapacá huyeron
    Para Arica, nos llevaron
    Unos cuantos prisioneros,
    Entre éstos iban tres:
    Era un sarjento primero,
    (Necochea) i dos soldados:
    San Martin, un bravo neto,
    I Marin que amas de bravo
    Era el mismo diablo en cuernos,
    Gracioso hasta decir basta,
    Pechugonaso i despierto,
    — Convino un dia en fugarse
    Este valeroso terno;
    I tambien, los tres juraron
    De quedar como un arnero
    O a los peruanos robarles
    Un estandarte chileno……
    Llega, pues, la media noche
    I aprovechan el silencio
    O el roncar de los cholillos,
    De guatita, por el suelo
    Se arrastraron, i Marin
    Se encamina mui resuelto
    A robarse el estandarte
    De entre miles de negros.
    ¡Toma la preciada joya,
    Se la echa al hombro, en contento,
    …Pero… oh suerte triste i perra!
    Lo sienten los peruleros
    I a palos i a culetazos
    Lo dejan casi por muerto,
    Mas, Marin no se manea
    I grita: — «Venga, sarjento,
    Que pesa mucho este diablo»
    I les improvisa un cuento,
    Diciendo que es sabedor
    De un complot jigantesco
    I que él denunciaria
    A muchísimos jumentos,
    I por este ardid quedó
    El atrevido con cuero;
    Pues los cholos se pensaron
    I tenian fundamento
    Que el dejar vivo a Marin
    Harian descubrimientos…
    Ya esa noche fracasó
    De los tres su gran proyecto,
    Pero a la otra noche, sí
    Que echaron alas al viento
    De este modo: Necochea
    Clamó: «¡Bastante sed tengo
    Voi, mi cabito, a ver si hai
    Aguita en aquel estero!»
    I Marin tambidn clamó: —
    «¡Ya se me seca el güargüero!»
    Consiguió tambien permiso.
    I San Martin esto viendo
    Se dispara de la fila
    Como caballo de invierno…
    I los tres toman el campo
    Patas para que las quiero...
    Los cholos, bien cutamudos
    En vano lo persiguieron
    Si los tres como huanacos,
    Salvando despeñaderos,
    Sin descansar un ratito
    Toda la noche corrieron,
    Pues querian verse libres
    I a fé que lo consigueron.
    Cuando el dia echo sus luces
    Se encuentran nuestros mancebo
    ¿En que parte? ¡Maldición!
    — «En la copita de un cerro,
    I para mas desventura,
    Sin darse cuenta del hecho,
    A los piés de aquel gran morro
    Ven el enemigo ejército.
    Marin dijo, con gran mozo:
    — « Aguarden cholos sopencos,
    Hijos de punta e mi manta
    Ya verán como los friego.»
    I empiese a empujar un risco;
    Se oponen sus compañeros
    Pero Marin incistió
    En su diabólico empeño;
    — «Vengan a ayudarme, dijo,
    A aplicar el lanza fuego.»
    Le ayudan i el diablo grita:
    — «Una, gallinasos puercos;
    Dos, Sambos asquerosasos,
    Tres, Maricones camuesos……»
    I el risco emprende su viaje,
    Al principio, un poco lento,
    Pero luego despues ¡Cristo!
    Su correr es tan violento
    I arrastraba tantes piedras
    Aquel proyectil grocero,
    E hizo polvareda tanta
    Que al llegar al campamento
    Si hiso algunos estragos
    No han visto sus artilleros.
    De allí prontito la marcha
    Siguen los pobres viajeros,
    ¡Llevando por guia el sol!
    Por escabrosos senderos,
    Sin una gotita de agua
    Ni ménos un pan de afrecho.
    Caminan de dia i noche
    Por quebradas, portezuelos,
    Pero ¡ai! la horrible sed
    Hizo sentir sus efectos
    En el jóven Necochea
    Que al fin se encontró muriendo.
    Marin quizo reanimarlo
    Diciéndole: — «Mi sarjento: —
    ¿Se ha vuelto usted gallinazo?
    ¡Vaya, que mucho lo siento!»
    Mas, viendo el noble soldado
    De que el caso era mui sério
    Esclamó: —«No soi pechoño
    Pero sinembargo, oremos.»
    Se hinca él i San Martin,
    I elevan la vista al cielo
    I una lágrima rodó
    Por aquellos rostros tiesos!
    Se levantan i Marin
    Le dice a su compañero:
    —«Por ahí» i los dos se marchan
    En busca de agua, lijeros.
    No trascurren diez minutos
    Cuando el grito placentero
    Se ayó de Marin, que dijo,
    Con regocijo estupendo:—
    — «No se muera todavía
    Sarjentito, que allá vuelvo.»
    I efectivamente llega
    Con el kepí mas de medio
    De agua, que el jóven bebió
    Con lo cual recobró aliento,
    El agua le dió la vida
    Pues quedó hien sano i bueno,
    A otro ratito, Marin
    Dijo con tono burlesco
    — «Nuestra madre de Andacollo,
    Pues ya lo dicho está hecho,
    Pero yo no haré mas manda
    Para hallar un arroyuelo
    Sin haber buscádole ántes;
    Pero en fin, ya está, i marchemos.»
    Siguen su marcha penosa
    Ya no con sed, pero hambrientos
    I caminan i caminan……
    Cuando de repente un pueblo
    Divisan hácia la costa,
    Entre brumas i reflejos.
    Marin gritó entusiasmado;
    —«De allá somos, caballeros.»
    Sus dos amigos se oponen
    De ir a aquel lugarejo,
    Alegando que eran prófugos
    I que allá serian presos,
    I el bravo Marin les dijo,
    Entre gracioso i enérjico
    «Ustedes son maricones,
    Pues, así ya lo comprendo.
    Mas bien quieren morir de hambre,
    Que no ir al vino añejo
    I a comer cazuela de ave.»
    I diciendo así, corriendo
    De sus amigos se aparta,
    I lueguito estuvo léjos.
    Necochea dijo: — «Nó,
    No es justo que lo dejemos
    Que vaya a fenecer solo,»
    I remando a cuatro remos
    Lo alcanzan i los tres niños
    Pronto ante el pueblo estuvieron.
    I van a ver mis lectores
    Cómo estos tres macabeos,
    Sin mas armas que la boca
    Se hacen de una ciudad dueños:
    Entran a carrera abierta
    Vivando a Chile i diciendo:
    — «No se tire ningún tiro,
    A puñal que todo es nuestro.»
    ………………………………………………………
    ………………………………………………………
    A esta terrible voz,
    Se anegaron los avernos;
    Se desquiciaron planetas;
    Tembló la tierra i el cielo;
    El sol apagó su luz,
    I los mares se salieron.
    En cuanto a los habitantes
    Que esa voz tambien oyeron,
    Lo mismo que un cañonazo,
    Despues de sentir el fuego,
    Salieron de sus cobachas,
    Unos, golpeándose el pecho,
    Los otros, con tanta lengua
    Misericordia pidiendo…
    I el gran jeneral Marin
    Sin decir «aquí las tengo»
    Donde mejor le cuadró
    Acampa su rejimiento,
    I lueguito tocó a rancho,
    I pronto vino el almuerzo,
    Vino, i azúcar con agua,
    Harina i otros refrescos.
    Despues hizo recostarse
    I tambien dormir un sueño
    A su jente, i él se echó
    Al hombro un palo bien grueso,
    I se principió a pasear
    Mui si señor i mui terco.
    Aquí llegaban las cosas,
    Cuando se sintió un estruendo
    De armas i jente chola
    Que pronto le hacen un cerco.
    — «¡Abran la puerta bribones!»
    Les gritan los indios feos,
    IMarin, de adentro grita:
    — «Cállense zambos rosqueros,
    Que si siguien fastidiándome
    A revólver los condeno…»
    En esto se abrió la puerta
    I una bandada de cuervos
    Entra para merendarse
    A tres hombres indefensos;
    Pero Marin es hermano
    Del fraile autor del invento
    De la pólvora, i a risas
    Se les encara diciendo:
    — «Arribita, aquí nos tienen,
    Pues si han venido a comernos,
    ¿Qué hacen pues cholos roñosos
    Que no nos despachan luego?
    Pero apronten el gaznate
    Para mis cumpas chilenos
    Que mañana aquí estarán, (1)
    Porque ya no está mui léjos.
    ¿Qué hacen, que no nos matan
    ¡Vean que cholos pendejos!»
    Entónces, un italiano
    Que entre los cholos, revuelto
    Venia, les hizo ver
    A los cuervos que era cierto;
    Que al hacer tal desacato
    Correrian un gran riesgo.
    Los peruanos meditaron
    Un poco, i se persuadieron
    Que era verdad de que habia
    Un peligro mui inmenso,
    I le dicen al bachicha:
    «Llévese estos diablos sueltos.»
    I el italiano los lleva,
    Sin trepidar un momento,
    Para su casa i les hace
    Tambien algunos festejos,
    Despues el bachicha noble
    Llamó a un paisanito nuestro
    I le dijo: —«Anda a guiar
    A estos seres intrépidos,
    A éstos, cuyo valor
    Traspasa al de aquellos jénios
    De las fábulas fantásticas
    En mil pavorosos cuentos;
    A estos tres diablos sin hiel,
    Que para baldon eterno
    De estos mil de cucarachos
    Que aquí viven i yo entre ellos,
    Nos han tomado la villa
    Causándonos tanto miedo…»
    Marchan pues, los tres amigos
    I dan agradecimientos
    Al jeneroso italiano,
    Por su buen comportamiento.
    I salen de aquel lugar,
    Alegres i harto risueños:
    Tanto porque echaron guata,
    Cuanto por ir al encuentro
    De sus buenos camaradas,
    De sus amigos sinceros.
    Poco habian caminado
    I topan con otro asiento
    De chocitas i cuartuchos
    De mui miserable aspecto.
    Pronto el jeneral Marin
    Frunciendo a la fuerza el ceño
    Les dice a unas dos viejas:
    — «Mujeres: —pues si yo quiero
    Por quitame estas pajitas
    Aquí a todas las degüello,
    Pero no lo haré, i preséntenme
    Lijerito un mensajero
    Para mandarlo volando
    Adonde están los chilenos»
    I al sarjento Necochea
    Le dijo: — «Mi buen sarjento;
    Escriba lueguito el parte
    Para en el fusil ponerlo.»
    Pronto el señor Necochea
    Busca papel i tintero
    I en un momentito el parte
    Quedó escrito en estos términos:
    —«Mi capitan, mi mayor,
    Mi comandante: queremos
    Que usted nos mande encontrar
    Porque ya andar no podemos»
    I en el acto el jeneral
    Arrancó un palo de un techo,
    Lo rajó por una punta
    I la plantificó el pliego,
    I se lo dió a un chiquillon
    Que parecia limeño,
    Colla, yanga o chau chau,
    Diciéndole:—«¡Como un viento!»
    I lo lanza por un llano
    Como quien lansa un torpedo…
    Dió el indio con la avanzada,
    I con bastante recelo
    Le entregó la carta al jefe,
    Pues temia mas o ménos
    Que le dieran una frica
    Como lo hacen entre ellos.
    El jefe mui conmovido
    Leyó el parte i dijo: «Bueno;
    Salga un piquete llevándose
    A este mozo cusqueño;
    I si resulta una trampa
    Córtenlo bien medio a medio.»
    Se encamina la partida
    Guiada del derrotero.
    Que el indiesito les dá
    Para encontrar nuestros deudos.
    No habian andado mucho
    Cuando ven venir corriendo
    A mi buen Marin que viene
    A salirles al encuentro:
    Aun no se dan la mano
    I Marin llega pidiendo
    Un servicio al oficial.
    Un servicio no pequeño
    Diciéndole: —«Mi teniente,
    Hágame el favor, le ruego:
    Emprésteme su caballo
    Para ver como anda el cuerpo»
    A tan estraño pedido
    Todos con ganas rieron,
    I el teniente le concede,
    I el gran jeneral ecéntrico
    Monta el caballo i empieza
    A talonearlo i correrlo;
    A arrancarlo para allá,
    I por acá revolverlo,
    Cuando en éstas i otras ¡diablos!
    ¡Ai! no se le cargó al freno
    I va Marin en el pingo
    Volando con tanto vuelo
    Que al saltar un hoyo el manco
    Me lo votó limpio al suelo…
    Despues de un rato, de allí
    Se levantó algo cojuelo
    I fué donde sus amigos
    Gritando: —«¡Viva el Gobierno!»
    Necochea i San Martin
    Muchas lágrimas vertieron
    Cuando fueron abrazados
    Por jefes i subalternos,
    Mucha impresion causó a todos
    El estado lastimero
    De esos tres mártires que,
    Por huir del cautiverio
    Pasaron tantas penurias
    I tan terribles tormentos
    ¡Solo por amar su Chile
    Con el amor verdadero……!
    A Necochea llevaron
    A ver a su padre enfermo
    I aquí no será mi pluma
    La que dé el menor destello
    De luz sobre la emocion
    Que padre e hijo tuvieron.
    Solo sé que al buen patriota
    Un subteniente lo han hecho,
    Por lo que gozo en el alma
    Porque eso es premiar el mérito,
    ¿I a Marincito i el otro?
    ¡Quien sabe! nada sabemos,
    Traslado a quien corresponda,
    ¿A quién?— A Pinto prefiero,

                                       Anjel C. Lillo.

    (1) Por casualidad acertó, no sa-
    biendo que habian chilenos por ahí.

    Imp. de «Los Tiempos» — Bandera, 24

    Ver lira completa

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